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Sí, como dice la frase, se cargan los recuerdos que se quiere y elige, así como también se sueltan, resignifican , transforman, guardan las historias y pueden crearse, atesorarse y resguardarse las memorias.

Tanto las personas, las organizaciones y las comunidades crean recuerdos de sus vivencias, experiencias, relaciones y devenires.

Aceptar, validar y conservar las memorias hace a la identidad, asegura la celebración, permite regresar para aprender, recuperar para nuevas generaciones, instalar como principios o proponer como caminos a seguir.

Sin embargo, también hay maneras de mantener actuales los recuerdos que implica darles un poder inhibitorio.

Así el resentir sin poder perdonar, olvidar o resignificar, el intentar borrar lo que no se acepta, comparte o gusta, el negar episodios obligando a otros a callar o mentir, son formas de obturar un proceso natural y enriquecedor.

Sin importar el color, la intensidad, el perfume que tengan los recuerdos; el impacto, las cicatrices o las grietas que hayan dejado las vivencias; o las distancias, conflictos o diferencias que quedaron establecidas,  es sano, enriquecedor y liberador incluirlos en la propia historia.

Para ello es necesario aceptarlos, reconocerlos, y trabajar para darles una mirada actual que los mantenga en su tiempo,  enmarcados  respetuosamente, les de el peso adecuado en el hoy y de lugar  a disfrutar aquellas memorias que elegimos.

Asimismo, recordar que las acciones cotidianas serán las memorias propias y de los otros en el futuro, habilita a generarlas desde la congruencia, la fidelidad a uno mismo y la empatía.

Cargar las memorias que se eligen y crear buenos recuerdos, es vivir mejor.

¡Hasta la próxima!

Andrea

 

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