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Aunque sean difíciles, como dice Stepehn King, son ineludibles de contar, porque son importantes.

Por eso hay que diseñarlas, trabajar hasta que sea posible decirlas, hacerse responsable de iniciar las conversaciones que las honren y decidir expresarlas en su momento.

Ya sea que no se encuentren las palabras precisas, que el o los interlocutores no se muestren dispuestos a escuchar y hablar, que las emociones se atropellen para obturar el decir , lo primero es descubrir qué se quiere decir y con qué propósito.

Luego vendrá el definir lo que es imprescindible comentar, lo que no se va a resignar, y sobre todo, lo que hay que dejar claro haga lo que haga la otra persona.

Descubrir, sobre todo si los espacios de atención del otro son breves o apurados, si esa conversación se puede partir en pequeños intercambios sin perder su esencia.

Una vez que se trabajó la forma y el contenido del primer movimiento de la conversación, no tiene sentido empezar a elucubrar qué dira el otro e intentar controlar lo que puede llegar a decir inventando posibles respuestas. 

Será , en cambio, el momento de hacer el primer movimiento.

Diseñar la conversación ayuda a poner en claro los propios pensamientos antes de intentar expresarlos, establecer el hilo conductor del tema a plantear y hacerse cargo de protagonizar el intercambio desde la seguridad de tener un propósito claro.

Cuanto más importante la conversación, mayor necesidad de trabajar en ella.

No para quitarle espontaneidad, sino para darle contenido, buena presencia y distancia óptima.

¡Hasta la próxima!

Andrea

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