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Decidir no jugar, no participar, no involucrarse, es una opción en muchas ocasiones, y resulta muy interesante en ellas plantearse, desde la propuesta de esta frase compartida en su blog por Benjamin Prado, si es cierto que con eso no se pierde o si realmente está costándonos algo.

Indagar sobre qué basamento tiene la propia decisión al resolver quedarse afuera voluntariamente, es abrir espacio al autoconocimiento y a la posibilidad de tomar decisiones informadas.

Reconocer si lo que impide participar es aferrarse a los propios bloqueos, miedos o rigideces habilitará poder trabajarlos para que no quiten  posibilidades.

Descubrir si al no participar  se evitan estiramientos, se fortalecen los límites de la propia zona de comodidad y no se prueba lo nuevo, ayudará a reconocer patrones de comportamiento que dejan sin acceder a logros.

No jugar también resulta en toma de distancias, impedimentos para aportar, imposibilidad de pertenecer y de compartir con otros. Es dejar a los demás sin interaccionar con uno.

Claro que cuando no se explicitan claramente  estos costos ni a uno mismo ni a los demás, se opta por mentir otros compromisos, se cruza de vereda para que no nos atrapen, se busca echar la culpa a que otro nos dejó afuera, o se responde críticamente desde explicaciones calcadas de otras situaciones parecidas.

Que el abstenerse de jugar sea una decisión libre y elegida, respuesta clara al propio estar siendo, y no una reacción automática llevada por impulsos de no moverse, dependerá de accionar desde el compromiso con uno mismo.

Calibrar  adecuadamente lo que cuesta no participar, hará que sea más natural y fluido el  responder a las invitaciones, los desafíos, las propuestas, que nos llaman a jugar.

¡Hasta la próxima!

Andrea

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