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Atar la propia felicidad a lo que hagan los demás es, como plantea Richard Bach , dar el poder a otros para que definan nuestros sentimientos, pensamientos, estados de ánimo y actitudes.

La felicidad puede construirse en la interacción, a partir del compartir, en encuentros genuinos y empáticos, sin embargo,  sus bases tienen que estar en el propio estar siendo para sostenerse desde las elecciones personales y no desde el hacer de otros.

Esperar como en la imagen , que el tren que llega cambie el tiempo local, es abandonar la posibilidad de autoconocerse, trabajar sobre el manejo de las propias emociones y capitalizar el sentir como expresión de la propia coherencia.

No son las acciones de los demás lo que nos hace sentir, sino las interpretaciones que construimos desde  lo que los otros hacen.

Reconocerlo es poder pararse en el protagonismo, catalizar independientemente las actitudes, haceres y decires ajenos, y aprender a validar la felicidad como una vivencia personal.

Para no atar la propia felicidad a trenes pasajeros o que podrían nunca llegar.

Sentirla, íntima y poderosa, y compartirla con generosidad.

¡Hasta la próxima!

Andrea

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