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Clara esta frase de Isabel Allende en su mostrar la necesidad de encerrarse en la privacía para catalizar los dolores más profundos y sanar las heridas mas graves.

Aunque para los demás uno parezca estar metido en una caja,  honrar los tiempos y espacios personales para vivir el duelo es darse la posibilidad de ser vulnerable al propio modo.

Es en esos momentos privados en que se desconocen  los porqués,  cuando se amplía la capacidad de sentir y se llora en libertad.

Después, cuando como correlato lógico de ese encierro aparezca la necesidad de abrazar, se buscarán las instancias comunes, los encuentros genuinos, el acomodarse en el entorno de la amabilidad familiar.

Comprender que el herido se cierra, que no necesita consejos, ni decirle que tiene que hacer, es abrir las posibilidades a la verdadera empatía, que casi no tiene palabras y si gestos de acompañamiento y  compasión activa.

Y ayudará a prepararse para estar ahi, al borde de la caja,  poder abrir los brazos, recibir al que vuelve y ayudarle a construir la resiliencia.

¡Hasta la próxima!

Andrea

 

 

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