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Esta simpática mirada que Adoniran Barbosa nos propone, de considerar a la tristeza como un roedor, abre la posibilidad de considerarla como atrapable.

Ineludible como sentir, la tristeza es un estado de ánimo que puede instalarse y quedarse por tiempo indeterminado, royendo, es decir minando, la autoestima, la relación con el mundo, la confianza personal y el disfrute.

Permitir que no fluya, que comience a alimentarse de las ganas, el accionar consciente y el gozo, es armarle un espacio propio, del que será difícil sacarla.

Dejar que aparezca, como correlato lógico de situaciones entristecedoras, es sano y vital para la expresión congruente del sentir. 

Reconocerla, abrir con ella un paraguas para descubrir que contenidos tiene, definir qué hechos y qué interpretaciones la sostienen,  accionar para transformarla en abono de nuevas actitudes y elecciones, y pedir ayuda para desafiarla, será la manera adecuada de validarla y a la vez empezar a despedirla.

La tristeza, como muchos de los estados de ánimo, que ayudan a la completud del estar siendo pero requieren de un tiempo óptimo para su expresión, requiere irse para poder volver cuando sea necesaria.

Prestarle el escenario pero recordarle que debe volver a bambalinas, será trabajar desde el protagonismo, ampliar la inteligencia emocional, construir un modo propio de expresión de emociones.

Y darse la posibilidad de disfrutarla, como puede disfrutarse el sentir genuino.

¡Hasta la próxima!

Andrea

 

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