Si destruir las preguntas implica completar los agujeros que proponían, reducir la inquietud que transportaban, dar congruencia a las inconsistencias que ponían a consideración, hay que acordar con Susan Sontag.

Cuando se responde con otra pregunta, se patea para arriba con el ánimo de distraer, se intenta desairar la intención antes que escuchar lo que se plantea, entonces, más que destruir la pregunta se está saboteando la posibilidad de comunicación.

Si se descalifica la pregunta por sencilla, poco inteligente, obvia, repetida…y no se le da el tiempo, el espacio y la disponibilidad que requiere, no se la destruye sino que se la arranca de raíz.

Si se la endiosa por su inteligencia, se hace un culto de su posibilidad teórica e indagatoria, se la ensalza por su fuerza interpretativa, se la estereotipa en su ser intelectual, pero no se le saca el jugo como herramienta comunicacional.

Poderosas como pocos elementos verbales, las preguntas necesitan respuestas acordes. Que las validen, les den razón de ser, las potencien en su desarrollo haciendo nacer de ellas nuevos interrogantes. Las fecunden en significados, las reconozcan en su capacidad de abrir nuevos espacios de pensamiento, y las acepten como son.

Torpes, recias, locas, brillantes, apuradas, meditadísimas, eruditas, inmaduras, viejas…las preguntas necesitan ser quemadas apropiadamente para dar vida al fuego de las buenas conversaciones.

¡Hasta pronto!

Andrea

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